
el cuaderno: donde se da forma a las ideas
Si el storytelling busca contar una historia en una imagen, la fotografía filosófica busca capturar una tesis. No me interesa la narración anecdótica, sino el pensamiento humano en todas sus vertientes: desde el sentido de la vida o la poesía de lo cotidiano, hasta la fuerza del amor o la crítica social.
A diferencia de lo que dictan las definiciones académicas, la fotografía filosófica que encontrarás aquí no consiste en pegar un texto sobre una imagen. Aquí la filosofía se observa. Utilizo el autorretrato y la composición para crear mensajes claros y sin ambigüedades, donde el título de la pieza es la llave que abre la puerta, pero la imagen es la habitación de nuestro pensamiento. En este cuaderno, podrás descubrir cómo se lleva una idea desde el subconsciente hasta la pared de tu salón.

EL PENSAMIENTO
Podría romantizar esta sección del proyecto. Mi idea inicial de hecho era esa, un par de cuadernos bonitos, unos esbozos a mano como un buen artista del renacimiento y voila, una obra maestra. Pero la realidad tiene bastante mas de trabajo tedioso y repetitivo. Aquí puedes ver un pantallazo del infierno que son mis notas. Ideas desordenadas, ideas posibles, ideas malísimas, ideas buenísimas pero que aun no tiene forma o aun no han encontrado su sitio en la obra. Puede que lo encuentren o es posible que nunca salgan de esas notas. A diferencia de lo que mucha gente piensa, pasa bastante tiempo antes de que en el proceso empiecen a entrar imágenes siquiera de referencia.
La cruda realidad es que detrás de cada serie hay años de pensamiento. Si, has leído bien, años. Pasé una década agotando los límites de la fotografía tradicional (bodas, naturaleza, técnica) hasta entender que no quería capturar lo que veía, sino lo que pensaba. Tengo una incapacidad crónica para mirar algo sin intentar diseccionarlo. Me gusta diseñar y me gusta clasificar. Disfruto estructurando mi pensamiento. Llego un punto hace 5 o 6 años que de repente surgió la idea. Me asome a un abismo que daba bastante vértigo. Mi mente de consultor (si, me he movido por multinacionales hasta hace no mucho) estaba acostumbrada a estructurarlo todo. Mi primer impulso fue intentar ‘domar’ las ideas. Pero un ensayo así no se gestiona como un proyecto de tecnología. Me costó bastante entender que para que el artista pudiera trabajar, el consultor tenía que aceptar primero que estaba perdido. Empecé a estudiar y a buscar mucho sobre muchas cosas. Al igual que en cualquier disciplina contemporánea, el rigor exige una actualización constante… hay que estar al día de todo e interiorizar conceptos nuevos o renovar los que ya tienes.
No fue hasta 2024 que tuve el valor de dejar el trabajo y otras ocupaciones y centrarme en cuerpo y alma en la obra. Creo que para tener este tipo de ideas tenia que pasar por absolutamente todo aquello. Empecé a relacionar conceptos, a conectar unos temas con otros y a desarrollar este marco de trabajo que tengo ahora y que me va a permitir llegar al fondo de la madriguera de conejos. Y así fue como empezaron a llegar las piezas potentes:

En ‘El Desván’ logré por primera vez ese equilibrio entre el humor ácido y la sutileza que buscaba. Es una pieza que no se entrega al primer vistazo, si no que se resuelve en el detalle. Quien mira rápido ve un fantasma; quien observa, encuentra un bastón. El misterio no es quién está bajo la sábana, sino todas las preguntas que te genera después; ¿Cómo debe ser ese último tramo de nuestra vida para considerarse digno? Ese ‘abuelo Gonza’, ¿merecía estar rodeado de los suyos o fue una mala persona que se ganó que lo aparcaran? ¿O tal vez fue él mismo quien subió al desván para abandonarse?
LA PRODUCCIÓN
Una vez que la idea está clara, dejo de ser un filósofo de libreta y me pongo el mono de trabajo (sí, en la veintena tuve una empresa de reformas, así que todavía tengo monos por casa). La primera parte es pura libertad: dejar volar la imaginación. Me dieron un consejo que me acompaña siempre: «Piensa las fotos como si no tuvieras que hacerlas». Es un reto enorme, porque una vez que la tienes en la cabeza, no puedes dormir hasta que no la ves en papel. Empiezo con bocetos y esquemas. Hay mucho que decidir; la composición, la luz, los ejes… variables que no son estética, son herramientas para reforzar el mensaje. Como hablan los elementos entre ellos, la atmosfera de la foto…no dejo nada al azar.
Cuando yo ya estoy viendo la foto en mi cabeza, empieza la producción. El fotomontaje y el collage siempre ha estado presente en mi trabajo ya que, a diferencia de la fotografía documental o de naturaleza, donde la realidad es sagrada, en mi obra la realidad está al servicio de la idea. El fotomontaje no es un truco, es la construcción de un escenario para que el mensaje cobre vida. A mi lo que me importa es dar vida a una idea compleja y generar un impacto visual inicial que derive en un análisis mas profundo de la imagen y concluya con una pregunta (o muchas) en la cabeza del espectador. A día de hoy, la IA se ha convertido en una gran aliada. Mucha gente se asusta con la inteligencia artificial, pero para mí es algo muy práctico, es una herramienta más que ni desvía ni marca el rumbo del mensaje, pero que me permite ejecutarlo con la precisión que busco. Además, me permite minimizar muchísimo la huella de carbono de mi obra. Que integridad como artista tendría yo si para hacer una foto de denuncia social sobre la contaminación de la atmósfera gasto toneladas de CO2 en producirla…
Lo que si hago es autoimponerme una serie de reglas para blindar la idea. No busco crear mundos de fantasía ni surrealistas: la fotografía final tiene que parecer real. La tecnología me da la libertad de imaginar cualquier escenario pero no la excusa para ser vago. A mi me encanta andar en el estudio entre focos, trípodes y accesorios. Si puedo conseguir un elemento en el mundo real, lo prefiero antes que generarlo digitalmente.


En la producción de «El piloto» una cama fue destruida y varios litros de gasolina y aceite se desramaron por el suelo. Creo que acostarme con una Monster de 200 kg estuvo entre la genialidad y la locura.
Llega la ejecución y a veces es agridulce. Si al ver la toma en cámara la idea no funciona, por mucho que me duela, tengo que tener la honestidad y el rigor de desandar lo andado y tirar el trabajo a la basura. No todo vale, solo sigo adelante si la pieza merece de verdad existir en el mundo real. Cuando por fin una producción pasa el filtro, el último paso previo a dar vida a una pieza son horas y horas de edición y reposo. Pruebas físicas en papel, consejos de colegas y, finalmente, nos vamos al taller;
